Sobre “El árbol de la vida” (2011).

Por Darío Rivadero

Tal vez, dentro de los pecados del cine contemporáneo que resultan más notorios estén la reiteración de fórmulas y, por consiguiente, la predictibilidad. Entendiendo de esta manera la gran mayoría de films propuestos en cartelera en los últimos años, películas como la de Terence Malik, nos gratifican al no caer en esos facilismos. Lo que, a priori, podría ser un acierto o una virtud, se torna contradictorio porque, que no redunde en lo probado y sea original, no alcanza para sugerir ningún tipo de calificación, ni en este ni en ningún otro film.

Digo esto porque la película, al presentarse, sorprende y genera una incógnita por el solo hecho de no ver puestas en escenas, tomas ni ediciones convencionales; es decir, rompe las estructuras de comunicación preestablecidas desarticulando el estereotipo; pero, también, porque muchos pueden encontrar complejidades para descifrar la idea y la forma.

Brad Pitt en “El árbol de la Vida”

El director nos señala el camino en el mismo comienzo. La cita bíblica de los versículos de Job (la creación), la voz en off de la Mrs O ´Brian, aún niña, aclarándonos la diferencia entre gracia e instinto* (luego sabremos a quien representa ella), son herramientas para develar el significado de lo posterior. Para un observador atento y sensible, la llave para abrir el universo Malik, se encuentra en los primeros 4´10” del film.

“El árbol de la vida” se abre luego en el intento de hacer comprender y sentir. Comprender la forma en que expresa una cosmovisión y también darle sentido al ser en ese contexto. ¿Pretenciosa?, ¿panteísta o pan-en-teísta? (Todo es Dios o Todo es en Dios), ¿compleja?. No sería justo detenerse en dilucidar estos temas y olvidarnos de la honestidad de la propuesta.

Terence Malik recurre a elipsis, saltos temporales y música incidental, mientras se desprende de, por ejemplo, los diálogos, todo en pos de construir un lenguaje poético. Deliberadamente elige y construye otro método para expresarse. Aunque lo parezca, no se detiene en al tragedia familiar, ni siquiera en los conflictivos lazos parentales; la apuesta más fuerte es la descentralización del individuo, a quien asigna un rol tan importante en la tierra y en los espacios siderales, como lo tienen un protozoo o una enana blanca, respectivamente. Sabernos prescindibles no es algo que podamos soportar y la sola idea plasmada, causa molestias.

Es curioso como esta polémica creencia y el discutido punto de vista en que está realizada, no hace más que refrendar la expresión del director y su película. Malik es tan funcional a aquel orden propuesto como lo es el señor O´Brian exigiendo despiadadamente a su hijo mayor (tiene dos más); la película cumplirá una rol de equilibrio entre lo sagrado y lo profano como lo hace la madre de la familia con el abnegado amor que profesa a sus hijos; la sensación de que todo es necesario para que el universo ocurra y siga ocurriendo es constante.

No pretendo bajar el nivel del discurso cuando afirmo que en la pérdida se esconde la valoración de lo perdido. Hablo de que algunas carencias permiten la potencia del ser, de otro o de uno mismo. El director expresa su intuición que nada es definitivo en los ciclos de la vida, tal cual la conocemos y mucho más allá; tal vez en la concepción misma de la espiritualidad. No hay contradicción en esto, toda creencia se construye con una buena dosis de Fe.

Otra película del mismo director se tituló: “La delgada línea roja”. Aquí también hay una delgada línea que debemos transcurrir pero que, una vez sobrepasada, nos permitirá disfrutar de otro registro de lectura; algo que, más allá de interpretaciones individuales, legará una bella correlación entre forma y significado.

*La escena del animal prehistórico en el río observando a otros tres de su especie, la presencia de uno más moribundo al lado de estos, la conducta del primero, solitario, que se acerca al inerte mientras los demás se alejan, son una clara alusión a la familia O´Brian, a la pérdida de uno de los hijos y señalan directamente hacia los dos caminos (opuestos y complementarios) planteados al principio: Gracia-Instinto.

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